GENERAL CARLISTA JOSÉ LERGA



PERSONAJES E HISTORIAS DE SAN MARTIN DE UNX.

 

 Me vienen a la memoria recuerdos de mi infancia, de los años 60 y primeros de los 70. Había una    casa  en San Martín de Unx, en la calle Los Fueros, le llamábamos “el Círculo”, era claro, el Circulo Carlista del Pueblo.



En la planta baja estaba el bar con un mostrador decorado con mosaicos muy pequeñitos, de colores blancos y azules. Era muy alto, demasiado para mí, porque ni poniéndome de puntillas llegaba mis ojos al mostrador. Recuerdo creo fue la única vez, en la que le vi a mi padre en el bar, no iba casi nunca que yo recuerde y me invitó a un vaso de gaseosa, que todavía la estoy saboreando. Eran tiempo de pocos dineros y de menos caprichos.



De la entrada de esta casa, se subían unas escaleras y se accedía a la primera planta, en la que había una gran  sala. En el centro de la misma había una enorme mesa ovalada en la que se sentaban 12 o 15 abuelos que jugaban a las cartas. Todos ellos con sus boinas, caras muy arrugadas y tostadas por el sol, por sus muchos años vividos, a mí me parecían muy viejos. Eran labradores del pueblo, curtidos por el trabajo del campo, de tanto segar con hoces y zoquetas y otro tanto de layar. Jugaban a las cartas, sería al mus o al encaje, no recuerdo, pero a mí me parecía un juego demasiado serio, ordenado y de pocas palabras, porque apenas se les oía hablar. Ahora me hago la pregunta, de si jugaban con una o dos barajas para tantos jugadores a la vez, o si se quedaba sin jugar el que repartía las cartas, no lo sé.



Las paredes de la sala estaban limpias, sin decorar, solamente había en la pared del fondo un Jesús en posición sedente en una especie de peana y con una mano levantada como bendiciendo a los presentes y junto a esta figura un enorme cuadro en el que había pintado un hombre para mí muy mayor, delgado, con un gran bigote, debía ser soldado por las medallas que llevaba en el pecho y lo que más destacaba era una boina roja en su cabeza, la cual destacaba el color sobre el fondo oscuro del cuadro. Me gustaba más esa boina roja que las demás, porque yo veía a los hombres y abuelos del pueblo solo las boinas negras. Una vez le pregunté a un abuelo allí presente, que ¿quién era ese hombre del cuadro? Y me contestó: “Era del pueblo, un gran hombre”. Era la época de Franco y no se hablaba mucho de guerras, y menos de política.



En un rincón de la sala, había una televisión para los muetes del pueblo. En esos años, no había televisiones en las casas del pueblo, eran contadas con los dedos de una mano las que había, entre ellas ésta del Círculo. Todos los niños del pueblo íbamos los domingos a la tarde a ver la tele, había la TVE 1 y la 2, claro está, en blanco y negro. ¡Como disfrutábamos con las películas ¡ Nuestros pequeños ojos estaban ávidos por ver, curiosear y descubrir un mundo que no habían tenido nuestros mayores. Propio de la edad, y ante tanta chiquillería, de vez en cuando se oía una exclamación proveniente de la mesa ovalada que decía: ¡Os vais a callar, muetes¡. En el fondo, yo creo que esos abuelos disfrutaban viéndonos a todos los niños del pueblo allí presente, con nuestra vitalidad y algarabía, de lo contrario el encargado del Círculo nos hubiese despachado en ese mismo momento. Al finalizar la tarde, unas veces venía el encargado del círculo y otras veces el párroco del pueblo, y nos apagaba la tele porque era la hora de ir a la Iglesia de arriba para oír el rosario. Lo que si recuerdo es que no siempre íbamos al rosario y a veces nos quedábamos de tuna.



Como anécdotas y sucesos relacionados con este Círculo, entre los muchos que hay, os puedo contar que a los pocos años de terminada la guerra del 36, vinieron unos mozos de Tafalla al Círculo, debían ser falangistas, y se empezaron a mofar y reír de los viejos que allí estaban jugando a las cartas. Uno de estos jóvenes sacó una navaja y rajó el cuadro del General, que todavía se puede ver la rotura y espero y deseo se restaure con prontitud y pueda exponerse en un museo. Como iba comentando, una vez echa esta tropelía, un anciano se levantó y sin mediar palabra bajo al bar donde estaban los jóvenes del pueblo y les dijo lo que había pasado. Subieron del bar los mozos y os podéis imaginar la tunda que recibieron los de Tafalla y el autor material que con la navaja rompió el cuadro lo agarraron de los pies y boca abajo lo sacaron por fuera del bordillo del balcón que da a la calle, no lo soltaron pero me imagino  que por inercia, al  tafallés sus partes bajas se le pondrían en la garganta…



Nunca nos explicaron en la escuela del pueblo quién era el personaje del cuadro, ni lo he visto en libros de historia,  pero en la naturaleza del hombre está la curiosidad y la avidez del conocimiento, recuperarlo y difundir los hechos de  nuestros antepasados y sus historias. He aquí la del personaje de dicho cuadro, que corresponde a:



 


 

D. José Lerga, Mariscal del Ejército Carlista.

Nació en el año de 1817 en San Martín de Unx. De

 mocico  trabajaba en el pueblo, iba a la romería Ujué, a la feria de Tafalla…, como cualquier otro del pueblo.




En la última etapa de su vida, el párroco de San Martín de Unx, Don Clemente Gorri, le ayudó mucho en sus penurias económicas, le profesaba un cariño fraternal a nuestro héroe el general y veía con pena profunda a que a la muerte de este, no iba a quedar recuerdo alguno de sus gloriosos hechos. A fuerza de ruegos pudo conseguir que le escribiese algunos apuntes de su vida que fueron la base de su historia.  El día 24 de mayo de 1892 los escribió y 2 días más tarde dejó de existir. Según cuentan los mayores del pueblo, murió en el mismo coro de la Iglesia de San Martín, rezando las vísperas el 26 de mayo de 1892.



 


Los apuntes de su puño y letra dicen así: 

 “Relación de algunas circunstancias de mi vida sin poder fijar fecha por no hallarme con la hoja de servicios que fue quedada en la primera borda de Francia cuando entramos en la última emigración.



El año 1833 al ser llamados los carlistas para comenzar la guerra en favor del Rey legítimo D. Carlos V, siendo de edad de 16 años, reemplacé a mi difunto padre que se hallaba de realista, tomando su armamento; y reunidos a las órdenes del coronel Eraso, se formaron cuatro cuadros de batallones y fui destinado al cuarto cuadro de soldado. Pasé en dicho batallón hasta el día en que entró D. Carlos en España, en cuyo día sacaron de los batallones veinte hombres para formar la guardia de alabarderos, y fui uno de ellos. Permanecí en dicho cuerpo hasta el primer ataque del puente de Arquijas, en el que dejando la compañía me fui al ataque.



Concluido este volví a la compañía, y me encontré con un oficio para presentarme al general Zumalacarregui, destinándome este de subteniente a su batallón de Guías, permaneciendo en él hasta que regresó la expedición de Guergué que habíamos bajado a Cataluña en donde me dieron el empleo de teniente por la acción de Orgañan, más al regreso para Navarra el general solicitó de todos, en que podrían prestar buen servicio a la causa quedándose en Cataluña a organizar y continuar la guerra. Yo me quedé y me destinaron al 2º cuadro del batallón de Conca de Tremps. El mismo día atacamos en Bliana y a los diez volvimos a atacar en la villa de Sort en donde salí herido levemente pues curé sin dejar las marchas. Al poco tiempo atacamos nuevamente a Perutillo haciendo prisionera a toda la columna que nos perseguía compuesta de diez compañías de preferencias que componían 1000 plazas, habiendo tenido la serte de caer a mis manos el coronel que mandaba la fuerza, por cuya acción me dieron la cruz de San Fernando de primera clase.



Municionados y entonces bien armados, tomamos la marcha para el campo de Tarragona, y en el Bruc atacamos con los portugueses haciendo prisionero al batallón de cazadores de Oporto. Por esta acción me dieron el empleo de capitán.



Todas las fuerzas que operaban en el Principado se dirigieron a nuestra persecución, y el general no pudiendo resistir los encuentros que a diario teníamos con el enemigo y falto de elementos le obligó pasar al Alto de Aragón; pero los que nos perseguían formaron una combinación con la columna de la provincia de Huesca, armándonos  un lazo por medio de un paisano que mandaron, diciéndole a nuestro general que en el pueblo de Casbas había cien peseteros que se hallaban ebrios y que se podían coger muy fácil.



El general creyendo ser de buena fe la confidencia, me mandó con mi compañía de cazadores; y efectivamente había sobre cien hombres que a los primeros tiros se dispersaron abandonando el pueblo quedando algunos muertos. Más al andar sobre medio cuarto de hora tras ellos, se nos presentó una columna de 6.000 hombres, por lo que tuve que retroceder, pero de los olivares salieron 700 caballos y tuvimos que rendirnos. La demás fuerzas  con el general se libraron por entonces, pero al día siguiente fueron prisioneros todos, componiendo un total de 500.



Como a escepción de las provincias vascas se hacia la guerra sin cuartel, el gobernados militar de Huesca dispuso fusilarnos por clases, y el primer día fusilaron al general Torres, cinco Comandantes y un Canónigo. El segundo día nos sacaron por lista a once Capitanes para ponernos en capilla, pero ese mismo día llegó una orden anunciando la suspensión del fusilamiento y fuimos conducidos por Jaca a Pamplona, siendo apedreados en todos los pueblos por donde pasábamos en aquella provincia.



Once meses estuve prisionero siendo al fin canjeado destinándome al 12 batallón de Navarra en clase de agregado.



Al poco tiempo le toco salir al batallón de expedición para Cataluña con el Rey. En Huesca atacamos y salí herido y cuya bala no pudiendo ser extraída me acompaña siempre, llevándonos a los heridos al hospital de Solsona (Cataluña) y cuando la expedición pasaba el Ebro, me incorporé a mi batallón con la herida supurando, concediéndoseme entonces facultades para poder entrar en las acciones a caballo, me encargué del mando de la compañía de granaderos y con ella entré en la batalla de Errera (Aragón) donde volví a salir herido, quitándome un vendaje para poder ser ligado el otro. A los heridos nos condujeron a las inmediaciones de Cantavieja, permaneciendo allí hasta que vino el general Cubillas con orden de que el que quería pasar a Navarra él lo conduciría. En dicha  acción de Errera me dieron el grado de teniente coronel.



Luego se formaron dos batallones provisionales y me encargaron el mando de la compañía de cazadores del 2º.



Llegados a Navarra se disolvieron e ingresé en mi compañía; volvimos a atacar en Monreal al mando del General Sanz y nuevamente salí gravemente herido y antes de la desecha, me incorporé en el batallón para la mayor desgracia de tener que emigrar.



Pasé en la emigración trece años. En este intervalo salimos por dos veces a promover la guerra y las dos tuvimos que volver a emigrar, siendo conducidos de calabozo en calabozo hasta el pie de las montañas de Suiza, y el año 51 me vine a España acogido al indulto.



El 72 volví a tomar las armas desarmando a 17 nacionales que había en el pueblo y reunido a las órdenes de  Peralta llegamos a Lumbier (contra mi voluntad) en donde fuimos dispersos y yo con algunos salimos a la parte de la frontera: y vuelta la tercera vez a emigrar o mejor dicho la cuarta.



Salimos de Francia a incorporarnos con las fuerzas de Carasa en ocasión que todos volvían a sus casas y yo también me acogía al indulto, permaneciendo hasta la entrada de Ollo que me uní a él agregándome al primer batallón que se formó; y en el ataque de Villaro (Vizcaya) volví a ser herido y prisionero, más respetado por la cruz roja me dejaron en el hospital de Dimas. Por esta acción me dieron el empleo de coronel, habiendo tenido el de teniente coronel efectivo por orden real en Paris. Una vez curado de la herida me incorporé a dicho general Ollo y me destinó a mandar el tercer batallón de Navarra.



El día 24 de Abril de 1873 ascendí a coronel. El 10 de Noviembre del mismo año condecorado con la cruz de segunda clase del mérito militar por la acción de Santa Bárbara de Mañeru. El 15 del mismo mes y año medalla de distinción por la batalla de Montejurra. El 6 de Febrero de 1874 ascendí a brigadier por prolongados servicios, méritos y lealtad. El 10 de Julio del mismo año cruz de Carlos III por la batalla de Abárzuza.



 






 

 El 22 de Marzo de 1875 gran cruz de mérito militar por lo de Lacar. El día 7 de Octubre del mismo año ascenso a mariscal de campo y por no reconocerme con suficiente mérito para dicho empleo presenté una solicitud al Rey renunciándolo, no siendo admitida la renuncia y sí archivada aquella solicitud en secretaria por orden del Rey.



El día 10 de Diciembre del mismo año, fui nombrado jefe de la primera división de Navarra y el día 28 de Agosto me encargaron la comandancia general de Navarra  hasta el día 20 de Diciembre que volví a encargarme del gobierno militar de la plaza de Estella, de donde salí camino de la emigración en la que pasé trece meses y acogido al indulto regresé a España a ganar el pan trabajado por las carreteras y con sentimiento de no haber podido continuar por falta de salud.



En el intermedio de este tiempo normal presté varios servicios sacrificando mi posición por la causa en comisiones delicadísimas.



Es todo lo que por ahora puede decir, quedándome el sentimiento de no haber podido hacer más y de no continuar haciendo.”



Este documento escrito por el mismo,  pone de relieve su excesiva modestia y humildad. Cuenta los hechos más gloriosos con naturalidad, quitándoles toda su importancia y como si sólo se tratara de un hecho vulgar. Si desentrañamos paso a paso estos apuntes veremos que es mucho más lo que omite que lo que dice. Por ejemplo, en la primera acción en que toma parte nos dice que abandonó su compañía y se fue a las guerrillas, sin darnos noticia alguna de su comportamiento en aquel lugar ¿Cuál sería éste?, Tras el cual, Zumalacarregui nombra a este mozalbete de 16 años oficial sin haber sido clase.


 





No hace mención siquiera de los halagos que le prodigara el gobierno liberal para conseguir de él, el reconocimiento de los hechos consumados y sabemos con que noble altivez despreció por tres veces las tentadoras ofertas que el cónsul de Bayona le hiciera en nombre del Gobierno de España. El general Lerga, acordándose de sus carlistas, muchos de los cuales estaban en los hospitales o en la emigración sin dejarles volver le contestó: “Mientras haya hospitales, no traicionaré mi conciencia”, y como dijo lo cumplió. Y para ganarse el pan, trabajó de listero, en la carretera de Olite a San Martín de Unx que por entonces se construía.  En vez de un destino de 500 pesetas mensuales, prefirió el mísero jornal que le daba la terrera en carreteras.



Por palabras y testimonios transmitidos por nuestros abuelos, fue un hombre austero y sencillo en la forma de vivir, de principios éticos y  sentido de la lealtad a los valores religiosos y morales, valeroso y guerrero para defenderlos. Cuentan que al final de su vida, cuando pasaban los vecinos del pueblo a su lado, solía bajar la vista al suelo, sintiendo pesar y cierta vergüenza por no haber ganado la guerra. Hoy todos le reconocemos su valía como hombre y ejemplo para los demás en este mundo tan material y escaso de valores e ideales, donde impera la corrupción política y económica.


 


Como D. José Lerga, cientos, miles de navarros lucharon por lo que creían justo. Habían quitado los Fueros a Navarra; les obligaban a ir al servicio militar; la España liberal atacaban las tradiciones, la Religión; sin más porvenir para su sustento que los brazos para trabajar en los comunales o en el jornal que saliese en el campo, a los comunales de los pueblos se les aplicaba el liberalismo vendiéndose al mejor postor desapareciendo las tierras para los menos pudientes,  los mozos no hacían más que emigrar a América… El carlismo era la única salida.




 


El Ayuntamiento de San Martín de Unx y su pueblo ha sabido reconocerle su valía y le tiene dedicada una calle con su nombre: “Calle General Lerga”, que es lo que denominamos la Chantrea del pueblo. Tiene dedicado un mausoleo junto a la Iglesia de San Miguel, en lo alto del pueblo, en el cementerio municipal, donde descansan sus huesos.



              

Cementerio de San Martín de Unx
Panteón del General Lerga.





     


  


 



 

 
 


 

 Desde aquí, y con el viento cierzo que viene de la sierra Güerinda, extendiéndose por el piedemonte de  Tafalla, Olite y Beire, atravesando la Zona Media de Navarra y llegando a todos los rincones de la Ribera, se escucha y resuena la atronadora voz que surge desde esta atalaya, para remover las conciencias y despertarnos, para no olvidar lo que fuimos y como faro de mar para iluminarnos y guiarnos en el futuro por hacer de esta querida Navarra.



 



 



Por Salvador Lerga.


 


 


 






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